domingo, 28 de septiembre de 2008

NO ES PAIS PARA VIEJOS, de los hermanos Coen


Los hermanos Coen vuelven a ofrecer su particular visión del mundo y de la América más profunda en la que es, hasta el momento, su última película. No es país para viejos no destaca por la utilización de recursos técnicos o artísticos que emocionen al espectador, sino por una serie de carencias que provocan sensaciones no fáciles de conseguir, como la tensión que acelera el corazón y oprime el pecho hasta tal punto que quieres gritar y que el tiempo avance para saber lo que ocurrirá después.


La carencia de música se convierte en un personaje más de la película, así como la falta de cualquier sentimiento humano en el personaje de Bardem. Porque la cinta más que de los hermanos Coen es de Javier Bardem que en cada mirada, en cada gesto y en cada movimiento consigue atrapar al espectador, desnudarle y provocar todos los sentimientos arriba mencionados. El actor español nos regala una interpretación de las que estremecen, un asesino que se dejó el alma en algún cajón de su vida que nada tiene que envidiar al Hannibal Lécter interpretado por Anthony Hopkins en El silencio de los corderos. Bardem grande como nunca – o grande como siempre – que altera las noches de sueño ante la pesadilla de que el psicópata Anton Chigurh pueda existir.


No es país para viejos es la vuelta de los hermanos Coen a la buena narrativa cinematográfica tras las comerciales y mediocres Crueldad intolerable y Ladykillers. Las drogas, el dinero y la muerte despojada de moral son algunos de los temas tratados y retratados de la manera más cruda, el antisueño americano, la aridez en esencia. Una desnudez que únicamente la ironía de Tommy Lee Jones consigue arropar. Película llena de sombras y de frialdad rodada sin artificios, de una manera pura y casi artesanal en esta época en la que los efectos especiales caros inundan la cartelera.


Es este purismo y este aire atemporal que la envuelve lo que, paradójicamente, la hace especial, dando un empujón a todos aquellos que continúan creyendo en el cine más clásico. Los hermanos Coen han dejado claro al mundo entero, tanto a los que les ha gustado el film como a los que no, que lo más importante para hacer cine siguen siendo las ideas, por íntimas y personales que sean. Han demostrado ser unos directores inteligentes, con una gran complicidad para sacar lo máximo de sus actores y con las cosas claras sobre el cine que quieren. Un cine que, alejándose de lo puramente comercial consigue estremecer al gran público.

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