martes, 7 de abril de 2015

En Tegus no se camina: Y al tercer día resucitó

En Honduras, la Semana Santa es como el mes de agosto español: las ciudades se vacían, uno incluso puede respirar aire puro entre tanta contaminación habitual, los pueblos se llenan de “forasteros” y las playas se ponen a rebosar hasta el punto que hay que madrugar para “reservar” tu pedacito de arena.

Ante este panorama, ¿qué hacer? ¿quedarse en Tegucigalpa, ciudad en la que soy un recién llegado, para familiarizarme con sus lugares tranquilamente, o salir a conocer otras partes del país abarrotadas por una masa ingente de hondureños deseosos de vacaciones? Obviamente, la segunda opción es la correcta.

Así que, el pasado jueves y después de gestionar durante un día entero los preparativos del viaje, un lindo grupo de expatriados (dos italianas, dos españoles) nos pusimos en marcha hacia La Ceiba, en la costa norte de Honduras.

-          Medio de transporte: el coche de Lianna, que en realidad no es suyo sino que se lo ha alquilado a un señor.
-          Hotel: Jungle River, en pleno Parque Nacional Pico Bonito. A una media hora de La Ceiba.

Todo apuntaba a que serían cuatro días paradisíacos pero… después de conducir durante dos horas el coche empezó a ir a trompicones, así que paramos en una gasolinera. El señor gasolinero le echó un vistazo y nos dijo que “cheque” (que significa “todo bien” en hondureño). Pensábamos que era cosa del depósito, que se había gastado, pero una hora después el coche decidió entregar su alma y nos dejó en Potrerillos, una comunidad cercana a San Pedro Sula, la ciudad más peligrosa del mundo. Y es que, como canta Romeo Santos, la aventura es más divertida si huele a peligro...



Allí, en Potrerillos, estuvimos un par de horas (quizá tres) en un taller para ver si, dado que era Jueves Santo, ocurría el milagro y el coche resucitaba. Pero no fue así. Decidimos llamar a la grúa, que tardó en aparecer un par de horas más. El plan era el siguiente: el señor de la grúa nos llevaba a San Pedro Sula, donde dejaríamos el coche en un taller de confianza, y una vez allí, buscaríamos alguna forma de llegar hasta La Ceiba. El pequeño inconveniente es que, junto al conductor de la grúa solo pueden ir dos personas.

-          - ¿Pueden las otras dos ir subidas en el carro?
-          - Está prohibido, pero está bien – dijo el señor de la grúa (por cosas así amo esta región).

Así que Paola, mi compañera de piso, y yo, fuimos adelante como señores y las otras dos pobres atrás. Poco importaba que nos fuéramos a adentrar en un nido de peligrosidad y delincuencia, para nosotros parecía que lo peor había quedado atrás, de hecho, yo me relajé tanto que me quedé dormido mientras el conductor nos explicaba algunas cosas interesantes sobre la región, como que hay una cordillera que desde ahí, al norte de Honduras, llega hasta Paraguay (¿se lo inventaría?). Pero mi sueño se vio interrumpido bruscamente por un retén policial. Porque, señoras y señores, ¿qué más puede ocurrirte si se te estropea el coche cerca de San Pedro Sula y llevas de manera "ilegal" a dos chicas europeas en un vehículo encima de una grúa? Pues ahí lo tenéis: que te pare un policía y te enteres de que el conductor tiene la licencia caducada desde hace tres meses y no le deje continuar. Yo ya estaba rezando a mi querida virgen de la chikunkuña para que el policía no descubriera a las chicas atrás y nos acusara de trata de blancas. Ellas, mientras tanto, agachadas y sudando a chorro vivo. Afortunadamente, la virgen escuchó mis plegarias (y el policía también) y permitió al conductor acercarnos hasta el taller mecánico con la condición de que después él debía regresar a por su multa. Ouh yeah, pulgares arriba. (No opinaría lo mismo el conductor de la grúa pero en fin…)

Una vez nos habíamos despedido del amable conductor y de nuestro querido coche fallecido, fuimos hasta la estación de autobuses, donde nos dijeron que ya no había más viajes programados para ese día. Vale, nos lo podríamos haber tomado como una señal del destino para que volviéramos a Tegucigalpa. Pero no. Somos perseverantes y audaces (por eso vivimos en Honduras). Y queríamos nuestro polo de menta en La Ceiba, ostias. Así que cogimos un taxi que nos llevara por el módico precio de 120 dólares hasta nuestro destino. Y esta vez sí, todo parecía que (por fin) iba rodado. Sonaba reggae en el auto. Después de varios minutos nos percatamos de que sonaba la misma canción de reggae todo el rato, pero qué más da, si estábamos de vacaciones y nos faltaban apenas cuatro horas más de viaje en carretera…



Llegamos a La Ceiba, por fin, pero hay un pequeñito detalle que al más perspicaz no se le habrá pasado: nuestro hotel estaba en Pico Bonito, unos 30 minutos al interior de La Ceiba. Así que amablemente le dijimos al taxista que nos llevara hasta nuestro destino real y lo hizo encantado por 30 dólares más. Lo que no sabía el taxista es que de La Ceiba a Pico Bonito la carretera se transforma en camino, sin farolas ni ningún tipo de luz, ni señalización alguna. Teníamos únicamente las indicaciones de la página web del hotel. El taxista se empieza a poner nervioso, a pisar el acelerador y a gritar improperios y otras cosas que no reproduciré aquí para no asustar (más) a mi madre, que se ha vuelto una mujer adicta a Internet y ahora tengo que tener mucho cuidado con lo que publico (mamá, si estás leyendo esto, no hagas caso de nada, es todo producto de mi imaginación, y recuerda que te quiero). Mi cuerpo empezó a sudar hasta por zonas en las que no sabía que se podía sudar. Nos agarrábamos las manos fuertemente para darnos ánimos los unos a los otros. Y finalmente llegamos al hotel. Prueba superada.

El resto de las vacaciones han pasado sin acontecimientos relevantes: nos hemos bañado en el Caribe escuchando incesantemente reggaetón y bachata, hemos comido pescado y bebido cerveza, hemos hecho rafting y nos hemos lanzado al río Cangregal desde una roca de cinco metros, hemos bebido más cerveza y probado guífiti, que es una bebida típica de los garífunas, un pueblo afrodescendiente hondureño, hemos sido picados por ciempiés y zancudos y hemos regresado a Tegucigalpa en nuestro coche que, como Cristo, resucitó al tercer día. 


Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

Reacciones:

9 comentarios:

  1. Jajajaja vaya anécdotas que te pasan... está bien vivir todo eso... tienes más cosas que contar cuando vuelvas!!
    NO sabía que te habías ido, disfrútalo mucho y vive todo intensamente!
    Besos

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    1. Sí, me vine hace casi un mes a trabajar. Ya iré contando!
      besos!!!

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  2. Jajajaja me has hecho reír un montón!! Bueno, al final todo salió bien y pudisteis disfrutar de unos días de descanso :-)
    Saludos!

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    1. Me alegra que te haya hecho reír Cris!! un beso!!

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  3. Jajaja, qué bueno! Bueno, como dice Kris, al final todo salió bien! A seguir disfrutando de todo!
    Besotes!!!

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    1. Gracias!!!! eso intentaremos, disfrutar de todo!!
      besos Margari!

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  4. Sigo sufriendo sólo de leerte jajaaj...fíjate cuánto que cuando he leído que por allí suena todo el rato reggaetón y bachata ya no me ha dado tanta impresión!!!
    Besinos:-)

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    1. jajaja verás que bien cuando vengas a la playa y todo el día suene: https://www.youtube.com/watch?v=uWIDFgBOKo4

      Besotes!!!

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  5. ¡¡No puedo reirme más leyendo un texto!! Además, si te imaginamos sudando a chorro vivo aumenta el descojone. Ya veo que Honduras te está acogiendo de maravilla, con controles policiales y averías en carretera en puntos conflictivos, pero con Italia y España hermanados no habrá aventura que se os resista! Por aquí no olvides que te echamos muchísimo de menos y que te queremos muchísimo!!! ¡Quién fuera abrigo pa andar contigo! como dice Serrat. Un abrazo gigante amigo!!!

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