lunes, 21 de enero de 2019

Crítica | Roma, de Alfonso Cuarón


Como el agua que todo lo limpia, pero que también puede herir y ahogar. Así empieza Roma, una obra maestra de Alfonso Cuarón, protagonista del mes en CAJÓN DE HISTORIAS. 

Esta es la historia de Cleo, una "muchacha" que trabaja en la colonia Roma de Ciudad de México, un barrio bien para una familia bien. No hay mucho más, y a la vez, hay tanto... 

Porque esta historia pequeña retrata con una precisión apabullante a la sociedad latinoamericana, a las familias sostenidas por mujeres, a los lazos invisibles que construyen redes de apoyo, y a la vez, los muros infranqueables entre clases sociales, que se perciben en los acentos, en el color de la piel. En los detalles, como limpiar el teléfono cada vez que ella, Cleo, responde.  

Roma está cargada de matices, de una fotografía demasiado hermosa y una música antigua y melancólica, canciones que bailaron las señoras y tararearon las sirvientas en las cocinas. 

Es una película tierna y conmovedora, con una Yalitza Aparicio en estado de gracia, capaz de controlar tan bien los silencios (a muchacha, calladita está más guapa). Y, a la vez, decirlo todo sin decir nada. Reprimir tantas emociones, aquellas que penaliza la sociedad de manera sistemática, pero que en algún momento se desbordan como el agua del río tras el torrente, el día menos pensado. 

Por otro lado está la señora (Marina de Tavira), abnegada a pesar de todo, que pide por su boca para su esposo. La señora que tiene que encargarse de la crianza de sus cuatro hijos, sola, sin apenas ayuda de nadie ni recursos, dejando de lado sus sueños y aspiraciones. Dejando de lado su estabilidad y comodidad para entrar al juego de la supervivencia. Ambas, señora y criada, cara y cruz de una misma moneda, que al fin y al cabo no son tan distintas. 

Porque da igual, el dinero no ha abierto brechas educativas en este lado del mundo en lo que a educación machista, sexista y patriarcal se refiere. Los roles de género se han perpetuado como una enfermedad crónica. Y a día de hoy, todavía, están casi intactos en casi toda la región. Pero ya basta, basta de mujeres sumisas, basta de hombres proveedores y fecundadores, a los que no les importan sus hijos. Basta.  

Roma es una obra maestra para ver en pantalla grande, quizás, y disfrutar de su fotografía y su precisión, o para ver en casa, dejarse llevar por sus evocaciones, comentar, si se ve en compañía, cada detalle, compartir recuerdos y dejar que la heridita que provoca sane con el agua del grifo y abrazos. De una manera u otra, es una película magistral, melancólica, bella y profunda. La mejor película del año. 


Texto: Ismael Cruceta @CajondeHistoria

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